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Un viaje con altibajos a las inhóspitas tierras de 'Australia'

Con sólo cuatro películas en casi dos décadas, el australiano Baz Luhrmann ha logrado consolidarse como uno de las cineastas más especiales y caprichosos en cuanto a estilo narrativo y visual en sus películas, cuya calidad ha ido evolucionando conforme ha pasado el tiempo.
El amor está en el aire (Strictly Ballroom, 1992), fue el inicio de sello que fusiona la épica romántica con los toques musicales que continuarían en Romeo y Julieta (William Shakespeare's Romeo + Juliet, 1996) y que alcanzarían gran notoriedad en el estrambótico e imprescindible musical Moulin Rouge! (2001).
En Australia, su cuarto filme, la vistosidad de sus números musicales de sus obras anteriores están prácticamente ausentes, y por ello la música, presente a través de cantos vocales bien elaborados. Sin embargo, lo que llama la atención es que Luhrmann ha optado por lavar los colores para presentarnos fotogramas semejantes al sepia, a los tonos amarillentos que habrán de reinar a lo largo de las casi tres horas que dura, y que se asemejan al tratamiento visual de filmes clásicos como Memorias de África (Out of Africa, 1985) y la bienamada Lo que el viento se llevó (Gone with the wind, 1939).
El argumento es como sigue. Durante los años cuarenta del siglo pasado, o sea, en plena Segunda Guerra Mundial, Lady Sarah Ashley (Nicole Kidman), una aristócrata británica, se embarca en un viaje hacia el inhóspito territorio de Australia para disipar las dudas sobre la fidelidad de su marido. Al llegar, se da con la ingrata sorpresa de que su esposo ha sido asesinado supuestamente a manos de un aborigen apodado King George, y que su herencia, que incluye tierras y ganado, se encuentran al borde del colapso. Por la necesidad de cambiar de lugar a sus reses, Sarah se verá obligada a contratar al Capataz (Hugh Jackman), un hombre rudo y consciente de su libertad, y tendrá como aliados al pequeño Nullah (Brandon Walters), un niño mestizo, hijo de una nativa y del ambicioso Neil Fletcher (David Wenham).
Baz trata de hacer de Australia un homenaje a su tierra, pero solamente se queda en el intento o, en todo caso, lo consigue a medias. El amor en su tono de relato épico es el motivo principal de esta película, pero le quita protagonismo a los otros temas que pretenden darle un toque de denuncia social o un punto de vista histórico. Así, a pesar de que está presente desde el inicio hasta el fin, la historia de Nullah y su abuelo, que es un intento de revalorar la herencia aborigen de la gran isla, sirve más de elemento decorativo para darle trasfondo a un relato de amor lleno de idas y vueltas, que terminan saturando la vista del espectador.
Del reparto sobresale Hugh Jackman, con una interpretación que se asemeja al de los galanes de la época dorada, por sus gestos bien trabajados y una actitud de entrega. El pequeño Walters es la sorpresa del filme, al ponerle la cuota de ternura a momentos que realmente son ásperos y crudos. Kidman también hace lo suyo con su personaje, pero no muestra una gran performance como su entrañable rol en Moulin Rouge!
¿Qué más se puede decir del filme? Pues, sin duda, es una película bella en su tratamiento visual y en su forma, cuidada en su aspecto técnico y conmovedora en cada encuadre. Sin embargo, tiene un guión que ofrece tanto momentos preciosos y logrados, como otros totalmente mediocres e innecesarios para un drama de la magnitud de Australia. Eso no quiere decir que Luhrmann haya hecho una mala cinta, sino que se le pasó la mano en su intento de hacer un clásico moderno y entrañable. En resumen, una sobredosis de su propio estilo.
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